Archive - mayo 2019

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El ciudadano como primer interviniente ante las FakeNews
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Nike y la coherencia interna en Crisis
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La República de la Reputación y el nuevo autoritarismo de la mentira

El ciudadano como primer interviniente ante las FakeNews

Leyendo a Mira Milosevich, especialista Del Real Instituto Elcano, en todo lo relativo a Rusia y Eurasia, comparto buena parte de las reflexiones que hace en su último Post en el que pone en cuestión que el Estado pueda defender a los ciudadanos de ser “tontos” frente a la desinformación. Por supuesto que hoy por hoy no es posible controlar los “miles de millones de mensajes diarios en Facebook, Twitter, WhatsApp, Telegram, etc., en 28 países y 24 idiomas oficiales”.

Milosevich señala que “Los ciudadanos gamberros e irresponsables son un blanco fácil para la desinformación. No deberían esperar del Estado o de la UE que les protejan de ser tontos.”

También de acuerdo en que falta mucho tiempo para que algún tipo de algoritmo diseñado por los grandes players obligados por algún movimiento regulatorio comiencen a controlar la situación.

Sin embargo, creo que no por ello debemos desesperar y tirar la toalla. Aún hay espacio para la esperanza y para la acción. Como señala María Luisa Moreo, dircom de VOST Spain, en la revista UNO 31 de LLYC “ las redes sociales funcionan como un horno autolimpiable: tienden a autocorregirse a la vez que ayudan a corregir a otras fuentes; ofrecen más información que los medios tradicionales y son un vehículo para autentificar las fuentes de la información.

Esta es la tesis que defendía Sasha Frere-Jones, allá por 2012, en su artículo “Good things about Twitter” , publicado en The New Yorker. La periodista explica que la red social “Es una especie de horno autolimpiable, donde la sabiduría de la multitud puede resolver los problemas. Generalmente, surge una versión confiable de los hechos porque la vanidad (en forma de un número visible de retweets para el usuario que publica la versión canónica) alimenta el proceso, del mismo modo que la línea de un escritor puede presionar al ego en aras de la buena escritura”.

Pero María Luisa Moreo va más allá y añade “Como señalaba Will Oremus en Building a Better Truth Machine, en diciembre de 2012: “Una característica redentora de Twitter es la velocidad relativa con la que los usuarios olfatean y desenmascaran las falsedades de mayor circulación”. Así las cosas, nos queda utilizar de un modo responsable esta poderosa herramienta y vigilar el uso que de ella puedan hacer aquellos interesados en fabricar versiones de la realidad acordes a sus intereses.”

En mi opinión Moreo y Milosevich conectan en este punto al pedir responsabilidad a cada usuario de las redes que, en el fondo, es lo mismo que hemos venido pidiendo históricamente los que trabajamos en emergencias a los ciudadanos, pegándonos una y otra vez contra la pared. Sin embargo, eso no nos hace tirar la toalla y hemos defendido siempre abordar la reducción de accidentes de tráfico o todo tipo de incendios o tragedias desde un doble enfoque: el endurecimiento de la normativa aplicable (por ejemplo el carnet por puntos) y la educación ciudadana (por ejemplo con la iniciativa Educación Escolar en Emergencias que logró en dos años, y gracias a las redes sociales, que hoy sea obligatorio y evaluable estudiar primeros auxilios en las aulas de primaria).

Lo sé, queda mucho por hacer. La mentira avanza mucho más rápido que la verdad. Pero la red se auto-organiza y ahí están iniciativas de cazadores de bulos a nivel mundial como First Draft News o VOST y en España con Maldito Bulo, Newtral o Salud Sin Bulos.

Es tarea de todos empujar para que, como logramos los de Edcivemerg (Educación Escolar en Emergencias) comencemos a convertir a los usuarios de redes en primeros intervinientes anti bulos. Es responsabilidad de todos que los niños de hoy salven un vida mañana convirtiéndose en primeros intervinientes en emergencias. Igual de inteligente será ponernos todos juntos codo con codo para acabar, como dice @guardiacivil, con los #tontosdelbulo. Sólo una sociedad formada e informada en el uso de las redes sociales y en técnicas básicas de verificación será capaz de hacer frente a riesgo de carácter global que amenaza con socavar los cimientos de nuestro modelo de sociedad.

Hagamos todos juntos #StopBulos.

Nike y la coherencia interna en Crisis

La última crisis reputacional a la que se enfrenta Nike tiene como elemento central la incongruencia de ser una de las marcas que aboga por la defensa del papel de la mujer en todos los ámbitos y, como no, también en el deportivo, frente a las supuestas políticas de presión que estaría ejerciendo sobre sus atletas embarazadas para que, tras dar a luz, recuperen la forma lo antes posible.

Cómo publica el New York Times, tres son ya las deportistas que han denunciado la supuesta presión, y varias las marcas deportivas que han cambiado sus políticas al respecto. Y en este caso, Nike no ha sido la primera. Una de las atletas, Allyson Felix, ha grabado un vídeo denunciando la situación lo que ha contribuido a incrementar la presión sobre la compañía deportiva.

En un escenario digitalizado en el que todos y cada uno de los stakeholders se constituyen en un medio de comunicación en potencia, los enemigos pequeños ya no existen. Y, potencialmente, cualquiera puede ser capaz de hacer hincar la rodilla a una organización.

Cuando la Crisis irrumpe por la puerta, conviene revisar de forma rápida la coherencia entre lo que somos y lo que decimos que somos. En una sociedad hiperconectada e hipertransparente las fachadas reputacionales amenazan con desplomarse con un pequeño soplo de aire. En no pocas ocasiones, la escucha activa, la anticipación y reconstruir en valores las políticas de las compañías van a ser la combinación necesaria para neutralizar la Crisis y no jugarnos la licencia social para operar.

A Nike, tan hábil en muchas ocasiones para gestionar Crisis, le toca hoy hacer los deberes.

La República de la Reputación y el nuevo autoritarismo de la mentira

He tenido hoy la suerte en mi ajetreado día de poder hacer una pausa y acudir esta tarde a la presentación del libro, La República de la Reputación de mi amigo, y antaño colega en LLYC, Pau Solanilla. El coloquio subsiguiente, con la presencia entre otros del que fuera diputado socialista, Eduardo Madina, el vicepresidente de Asuntos Públicos, Joan Navarro, y la directora de la Fundación Felipe González, Rocío Martínez, ha servido para constatar, en palabras de Navarro, “la necesidad imperiosa de que la razón política se comunique desde la emoción y la verdad”. Sin duda algo tan necesario en este contexto de desinformación digital.

Pero lo más interesante, en mi opinión, ha girado en torno a dos conceptos que el propio autor ha puesto encima de la mesa. De una parte, la necesidad que tienen los ciudadanos de encontrar referentes sociales con liderazgo en quienes confiar. Baluartes morales de la verdad (apunto yo). Y de otra, que nos encontramos en un mundo en que la influencia política y social van a depender, si no lo hace ya, de programadores y comunicadores.

Es aquí donde quiero poner mi granito de arena y tratar de analizar cuál es el contexto de riesgo social en el que nos encontramos. En mi opinión, no se trata de que busquemos esos referentes, el problema es que el descrédito de la política y los medios de comunicación ha llevado a los ciudadanos ciborg a encontrar esos referentes dentro de su propia burbuja de relaciones. Y no me refiero ya a las redes sociales donde, como ha demostrado recientemente en un estadio Alto Data Analytics, menos de 1.000 personas radicalizadas son las encargadas en Twitter de instroducir los contenidos que polarizan el debate político. El escenario es claramente más preocupante en el subsuelo de las redes. Ahí es donde programadores y comunicadores hackean las mentes. Allí donde nuestra mirada no alcanza.El Dark Social, y especialmente WhatsApp, se ha convertido en el espacio donde hemos encontrado los ciborg aquellos referentes morales en los que confiar y que nunca nos engañarían; nuestro amigos, familiares y cuñados. Cómo no confiar en ellos cuando además sus mensajes vienen a confirmar nuestras creencias.

Ante esta situación la pregunta es obvia ¿Es posible sostener una República de la Reputación por parte de administraciones y corporaciones? ¿Cómo difundimos valores y verdad a través de canales que no alcanzamos a observar y cuyos efectos sólo vemos cuando saltan a las redes sociales? ¿Podemos hacer algo contra esto? ¿Qué se puede hacer desde lo público y desde lo privado? Me encantaría conocer tu opinión.

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